MARRUECOS; Día 3: Desierto Zagora: 2ª Parte

Aun nos quedaban unas cuantas horas de viaje después toda la mañana en el camino. Tras toda la tarde viajando y haciendo paradas parecía que nunca íbamos a llegar a Zagora. Llevábamos ya 11 horas y media de viaje en aquella furgoneta cuando comenzamos a observar, tras todo el día rodeados de montañas y carreteras, palmeras y riachuelos, y algunos altos edificios.

Estábamos comenzando a entrar en la Villa de Zagora. El termómetro marcaba 40 grados cuando eran aprox. las ocho de la tarde. Estaba atardeciendo. Llegábamos con un poco de retraso para ver la puesta de sol en el desierto desde la ruta en camello que nos esperaba a continuación.

Paramos en las afueras de la Villa de Zagora para iniciar la ruta en camello hasta adentrarnos en el desierto. Antes nos recomendaron comprar botellas de agua y un turbante para la cabeza, puesto que si había viento la arena seria molesta para nuestros rostros. Venta fácil? El vendedor nos enseño el modo en el que se ponen los árabes el pañuelo en la cabeza, su forma de enroscarlo. También nos recomendaron que nos pusiéramos pantalón y jersey de manga larga.


Los dromedarios para adentrarnos en el desierto nos esperaban. Iríamos montados de manera individual. Dos chicos del desierto nos esperaban para el trayecto de aprox. cuarenta minutos. Nos despedimos del guía, y nos fuimos montados en los dromedarios.


Al principio el desierto no era como esperábamos. Era un sitio muy feo, rodeado de palmeras descuidadas y arena y caminos pedregosos. Además ya se había puesto prácticamente el sol, solo un pedacito de él se asomaba entre las montañas a lo lejos, pero las palmeras nos dificultaban la visión. Al principio el dromedario era muy cómodo, pero a medida que caminábamos, perdíamos la compostura y ya no sabíamos cómo ponernos en aquel inestable transporte.


Yo iba la primera en la fila de dromedarios. Los dos chicos del desierto caminaban delante guiando a mi dromedario y con él al resto. Se nos cayó varias veces la botella de agua, entre otras cosas. Los chicos del desierto estaban cansados de recoger las cosas que se nos caían de los camellos. XD


A medida que avanzábamos el paisaje iba tomando mejor pinta y se asemejaba más al desierto que habíamos imaginado. Cuando llegamos ya era de noche completamente.

Bajamos del dromedario y nos acercamos a las jaimas. Las jaimas son las tiendas de campaña donde cenaríamos y dormiríamos. Los chicos del desierto que nos acompañaban nos indicaron cual era la nuestra. Era como un pequeño campamento en medio del desierto. Había muchas jaimas para otros turistas que también llegaban para pasar aquella noche en el desierto.


Cuando ya nos instalamos fuimos a otra jaima común que estaba en frente. Nos sentamos en unas esterillas que había en la entrada. No ofrecieron té bereber. El té bereber lleva whisky. No sabe a whisky pero es muy fuerte. Después de tomarlo, charlar y descansar un poco del viaje pasamos dentro para cenar. Primero nos pusieron sopa de arena. Os podéis imaginar la textura. Estaba cocinada con el mismo sahara. Este era el nombre, y como otras sopas marroquíes no me gusto. Después tagine de pollo con guisantes y patatas y de postre melón.


Después de la cena los chicos del desierto que nos acompañaban a nosotros y a los demás turistas, nos dijeron que nos reuniríamos todos al lado de las jaimas en el exterior. Los chicos del desierto estaban todos juntos sentados en la arena con sus vestimentas características y unos timbales. Comenzaron a tocar. En el centro había un fuego. La gente que iba llegando se puso alrededor formando un gran círculo. Se estaba genial, en pleno desierto alumbrados únicamente por las estrellas y aquel fuego, y escuchando música típica del país.



Algunos chicos del desierto comenzaron a bailar al son de los timbales alrededor del fuego. Muchos turistas se animaron y se unieron al baile, entre ellos Jeni y Noemí. El resto de la gente cantábamos y dábamos palmas al compás. Después se acercaron a nosotros y nos dejaron tocar los timbales. Fue muy divertido y muy gracioso. Después de disfrutar de aquel rato tan característico del lugar, mucha gente se retiró a sus tiendas a dormir.



Para nosotros comenzaba la noche y los deseos de aventura así que decidimos irnos a explorar la silenciosa y mágica noche del sahara. Comenzamos a caminar por la oscuridad del desierto. A medida que caminábamos, traspasábamos dunas y dunas más grandes. Aquello sí que era el pleno desierto. Nuestro objetivo era llegan a una duna enorme que se veía a lo lejos, pero por mucho que nos acercábamos seguía pareciendo estar lejísimos.

Mientras, subiamos las dunas por una ladera y bajábamos rodado por la otra. Fue genial. Comenzó a hacer un poco de frío, aunque parezca paradójico, pero la arena aún guardaba el calor del día.

Cansados de andar y rodar decidimos tumbarnos a mirar las estrellas desde lo alto de una duna. Se estaba muy a gusto allí arriba. Después de un rato charlando y disfrutando de lo que nos rodeaba observamos que de pronto una sombra oscura en la infinidad del desierto se estaba acercando a nosotros. Nos asustamos un poco. Se dirijia hacia aquí. Llevaba una túnica que le cubría casi al completo. Era un chico. Subió la duna y se tumbo el lado nuestro. que hacia allí con nosotros? Estábamos un poco asombrados. Comenzó a hablar. y nosotros con él.

Pasados quince minutos ya era uno más. Se llamaba Mustafá, tenía 28 años y era majísimo. Era de nuestro campamento. Y allí estábamos los cinco, tumbados en lo alto de la duna mirando al cielo. Jamás había visto un cielo estrellado de aquella manera. Sin duda era mágico. Sentí que las doce horas de viaje no habían podido merecer más la pena. Momento espectacular, inigualable, extraordinario, excepcional, perfecto. Mustafá comenzó a hablarnos y a explicarnos las constelaciones. Jugamos a encontrarlas entre todas aquellas estrellas que nos alumbraban. Se veían a la perfección. La luna se escondía a media que pasaba la noche como si de una puesta de sol se tratara. Fue increíble. No recuerdo una noche tan distinta y placentera. Fue genial. Y todo gracias a Mustafá. Nos enseñó muchísimas cosas y curiosidades del país. Nos pasamos la noche contando chistes y acertijos. Hablamos de muchos temas súper interesantes, y hablando del tema de la poligamia en el país, Mustafá nos dijo que eso estaba desapareciendo. Jamás se me olvidaran las palabras que dijo: “¿Cómo se puede tener más de una mujer si solo se tiene un corazón?”.

Y así se nos hizo tarde, se nos pasó la noche entre historias y curiosidades, entre culturas, entre mitos y leyendas, entre dunas y estrellas.






DÍA 4: AMANECE en el SAHARA & Vuelta a MARRAKECH. Aquí

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